Me despierto con el cantar de los gallos y el sonido de las gallinas en el corral mientras pájaros exóticos cantan en los árboles. Una manera muy relajante de empezar el día. Es muy temprano así que me doy una vuelta por el pueblo y me compro un sarong, una bolsa estanca (ya me he cargado una cámara) y un manojo de algo así como bananas muy pequeñas y muy dulces.
Mas tarde quedo con Lee y reservamos un tour a Koh Phi Phi Ley, la isla protegida justo en frente de Koh Phi Phi Don (donde estamos), con snorkeling y kayak incluídos. Después cogemos una lancha-taxi a Long Beach y hacemos un poco de snorkeling.
Veo un montón de peces que no había visto antes, incluyendo uno que se vuelve inmediatamente mi favorito, el ídolo moro, además de varias especies de peces unicornio y damiselas. Después nos tumbamos un rato y tenemos una charla tranquila y larga antes de coger una lancha de vuelta al pueblo.
Comemos en un puesto en la calle justo al lado del “punto cero”. Pido algo del menú en tailandés que tras mucho gesticular y producir risas, parece ser que se pronuncia algo así como “Kao pad koui“. Es una base de arroz con huevos revueltos, pollo cortado a dados en salsa de ostra, cebolla, chiles picados, pepino en tiras y dados de piña mango. Todo viene en montoncitos y lo vas juntando mientras comes. ¡Delicioso! Mientras comemos conocemos a una pareja de españoles que resultan ser de Zaragoza y Huesca y trabajan en Candanchú. Para más colmo, se encontraron con Lorena, una amiga de mi hermana, en Koh Tao. El mundo es un pañuelo.
El tour es… un tour. Somos unas 15 personas tratadas como a un rebaño. Se nos prometió que iríamos a una isla donde hay monos en la playa pero los vemos a lo lejos ya que el barco es demasiado grande como para acercarse más. El guía nos anima a sacar fotos sin parar mientras los monos nos miran medio dormidos desde la playa.
Tras visitar a los monos vamos a Koh Phi Phi Ley, haciendo una parada en “la cueva de los vikingos“, donde unos hombres recolectan nidos de golondrinas durante seis meses al año para luego venderlos en China por unos
6000 euros cada uno para hacer “sopa de nido de golondrina”. La gente definitivamente tiene más dinero que talento. En cualquier caso, es bastante interesante ver a los hombres trabajando, ya que usan el acrobático método tradicional de escalar los muros e incluso los techos usando una estructura de troncos de bambú.
Tras la ver la cueva desde el barco paramos en aguas poco profundas para hacer snorkeling. Las aletas son una mierda pero aún así es alucinante.
Vemos montones de ídolos moros, peces payaso, una langosta, un pez ballesta, muchos tipos distintos de corales blandos y gorgonias. El arrecife es espectacular. La arena de la playa gana profundidad muy rápidamente para convertirse en una pared de roca a la que los corales se agarran hasta unos 10 metros de profundidad, donde parece haber una pequeña cueva. Me relajo y me lanzo directo hasta el fondo hasta llegar a la entrada de la cueva, para entonces dejarme llevar de vuelta a la superficie mientras inspecciono la pared de coral. Es precioso, Le quita el aliento a uno, bastante literalmente.
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