Llegué a Vientián ayer, tras pasar un doloroso día en Vang Vieng recuperándome de las magulladuras del tubing. Llegué en un autobús viejo y traqueteante, acompañado de dos pavos en una cesta. Vientián es una ciudad gris y aburrida, carente del encanto y belleza del resto de Laos. No sé como se lo han arreglado para hacerlo, pero así es. Me alojo en Phatoumphone Guesthouse, donde dispongo de una habitación cerca del río, limpia con ventilador y baño propio, por $5. Un poco más caro que en el resto de Laos.
Alquilo una bicicleta y me dirijo a la embajada de Vietnam, donde puedo adquirir un visado por $45, $55 o $60, dependiendo de cuanta prisa tenga. Pago $60 por obtenerla hoy mismo. Claramente, no creo que todo ese dinero vaya a parar al gobierno vietnamita. Al salir de la embajada me dedico a explorar la ciudad. Mi primera parada es el Patuxai, el arco del triunfo de Vientián. Es una estructura de aspecto pesado hecha con cemento. Quiere ser bonito pero no le sale. De hecho, hay una placa en un lado que dice: “[...] nunca completado debido a la turbulenta historia del país. Desde una distancia corta parece incluso menos impresionante, como un monstruo de cemento”. No lo podría haber descrito mejor, ¡y es el departamento de turismo de Laos quien dice esto! Pago la entrada de 30.000 Kip para entrar y subir a la azotea. Por dentro la estructura definitivamente necesita una reforma, desnuda e inacabada, sin ventanas, que hace que de la impresión que uno se encuentra en el metro, no en un monumento nacional. La vista desde la azotea tampoco es particularmente espectacular.
Desayuno junto al río y compro un libro de Tom Clancy. Intento conseguir un billete de bus local para ir a Hanoi mañana pero me entero de que la estación del Norte se encuentra a 13 kilómetros de distancia así que acabo comprando un billete para un bus de mochileros que sale hoy mismo a las 7 de la tarde, llegando a Hanoi a las 7 de la tarde del día siguiente. ¡Ay ay ay! Habiendo decidido esto, visito Pha That Luang, la gran estupa sagrada, que de nuevo está bien pero no es particularmente impresionante. En el camino de vuelta me paso por la embajada a recoger mi visado y me encuentro con Murph, un irlandés que conocí haciendo tubing en Vang Vieng. El también va hacia Hanoi, pero lo hará mañana.
Vuelvo al centro de la ciudad a escribir unos cuantos emails y después a la casa de huéspedes a hacer la mochila. Se supone que me tienen que venir a buscar para llevarme a la estación pero nunca aparecen, así que tengo que gastarme $3 en coger un Songthaew. Milagrosamente, cojo el autobús en el último minuto. El autobús no es exactamente lo que me esperaba. Es definitivamente mejor que cualquier otro autobús que haya usado en Laos, pero sigue siendo viejo, sucio y lleno hasta la bandera, así que el prospecto de tener que pasar 24 horas aquí no es muy alentador. Me siento con una chica filipina que trabaja en Hanoi enseñando inglés y que está intentando viajar por Asia y el mundo mientras trabaja. Sin embargo, los vietnamitas no le caen demasiado bien. Dice que son realmente maleducados y siempre intentan estafar a los turistas. No es la primera persona que me dice esto.






























































